El Marqués de Sade, una vida.

El Marqués de Sade, una vida.

El Marqués de Sade, una vida. Francine du Plessix Gray.

Una personalidad como la de Sade sólo puede causar discrepancia. Es la pura búsqueda del placer, en todos los ámbitos de la vida, llevada al extremo. No podemos tratar de comprenderlo o juzgarlo desde la visión que nos envuelve del mundo, no podemos tratar de entender o disfrutar de sus textos desde otro punto de vista que no sea el suyo.

Amante del materialismo más radical (La Mettrie y el barón d’Holbach), con una visión criminal de la Naturaleza y una seguridad de que “nuestro impulso de autodestrucción llega a cobrar tanta intensidad como nuestro instinto de supervivencia”, seguramente, su visión de la vida no deba ser condenada en contraposición a la nuestra; simplemente, los principios que sustentan su manera de pensar y actuar son inmensamente distintos.

Partamos de la idea de Naturaleza que entiende el Marqués. Para Sade, el estado natural del ser humano, que coincide con el deseado por él mismo, no es la bondad, la inocencia, la ternura, etc., que la sociedad en general profesa, busca e intenta encarnar. Su representación de la naturaleza es bien contraria: para él, el estado nativo del ser humano es la malicia, la perversión, la crueldad. No acepta que el ser humano tenga una bondad inherente sino que la considera una imposición, una restricción, una “limitación civilizada” de los placeres que nos ofrece la vida.

Donatien Alphonse François, el Marqués de Sade

Donatien Alphonse François, el Marqués de Sade

De ahí los escándalos, los encarcelamientos, el ensañamiento contra él, la represión y la prohibición de sus libros. Partimos de una mente cuyo estado óptimo se consigue haciendo uso del egoísmo más brutal (el que considera natural) buscando delicias que conseguirá al precio que sea, de la forma más animal, arcaica, sin reparar en tabúes ni moralidades, sin las limitaciones del ser civilizado, de los deberes, etc.

Un estado que, a los ojos de quienes le rodean , estudian u observan, es cruel, inhumano, violento, desalmado y una infinidad de adjetivos que, desde luego, se alejan en mucho de la idea dominante de lo natural, muchísimo más aún si situamos esta concepción de la vida en la época que le tocó vivir (1740/1814) en Francia.

Desde la niñez parece darse de él la imagen de niño malcriado que lo tiene todo y exige sin tapujos y durante su madurez ampara una imagen de sí mismo tan grandiosa que, unida a su espíritu salvaje, desprovisto de límites y miramientos civilizados y a esa incesable búsqueda del placer, de su felicidad, de los lujos, le lleva a cometer actos que operarán en su contra durante el resto de su vida.

Justine o los infortunios de la virtud

Ilustración de Justine o los infortunios de la virtud, Volumen II

Su visión de una amatoria egoísta, en la que “No importa que nuestros procedimientos agraden o desagraden al objeto de nuestros deseos” y violenta, en la que “De lo que se trata en realidad es de alterar nuestros nervios de la forma más violenta posible. […] No cabe duda de que el dolor nos afecta mucho más profundamente que el placer. […] Las conmociones producen una vibración mucho más potente”, le lleva a protagonizar una serie de episodios en los cuales, para el resto del mundo —no para él— sobrepasa los límites de la violencia y la moralidad (uno de los grandes “límites civilizados”, mayor incluso que el propio de la violencia), dejando su destino en manos de una sociedad muy convencional, demasiado conservadora y con una doble moral sexual.

Doble moral que no pasa por el entendimiento de las prácticas del Marqués y que, sin embargo, juega un papel bastante revelador de la situación de la época, en la cual está bien visto que los nobles (hombres) mantuviesen varias relaciones al margen de su estado civil —no las mujeres—; que las prostitutas fuesen consideradas “seres execrables” o “viles criaturas” aunque las orgías numerosas con altos miembros de la aristocracia eran más que habituales; que la sodomía significase pena de muerte (como la que le fue impuesta al Marqués, casi quemado en la hoguera), sin embargo, “es un vicio que sólo está permitido a los grandes señores”.

Época en que la literatura erótica existía, pero sólo se podía disponer de ella en las educadas clases altas, puesto que “[…] podría plantear problemas en la psique de la plebe e incitarla a la mala conducta.” En la que el inspector jefe del Palais-Royal, un lugar famoso por sus prostitutas, se encargaba de vigilar de cerca la alcoba de las meretrices, los nobles, la sociedad en general y de Sade en particular, para redactar informes policiales de proezas lúbricas.

Las ciento veinte jornadas de Sodoma. El rollo de la Bastilla.

Manuscrito de Las ciento veinte jornadas de Sodoma. Descubierto por Iwan Bloch.

Informes que se pasaban directamente a Luis XV para su disfrute con Madame de Pompadour al leerlos detalladamente… y así un largo etcétera de circunstancias que responden al tipo de sociedad donde Donatien trataba de vivir, en la cual era imposible disfrutar como él necesitaba, pues se actuaba implacablemente contra quien rompiera el orden social impuesto, aunque lo cierto es que tal orden sólo existía para algunos

A esta visión materialista, egoísta y violenta del ars amandi —y de la vida en general— deberíamos unir su don de mando, que le otorgaba una posición de poder en cada puesta en escena de las orgías que celebraba.

Y es que, para Sade, la amatoria es un arte escénico, puesto que se encarga personalmente de que cada encuentro, cada personaje, cada acto, suceda como él imagina, dentro de un orden, en referencia a una serie de encuadres que el Marqués compone en el transcurso de la obra.

Marqués de Sade, ilustraciones.

Ilustraciones de algunas de sus puestas en escena

Coloca a un personaje aquí, otro allá, en determinada postura, realizando determinada acción… al fin y al cabo, compone una escena, una visión, una óptica externa e interna, que le hace disfrutar mucho más. Quizá teatro y amatoria para Sade son todo y una misma cosa. Quizá el teatro alimenta el encuentro así como el encuentro alimenta al teatro y de ahí su forma de ver, representar y crear, de una forma tan apasionada, ambas cosas.

Una vida tan complicada, tan llena de gustos y disgustos, de altibajos continuados, nunca deja al Marqués de Sade en una buena posición. Si bien los aristócratas difieren de él por libertino, los revolucionarios lo hacen por aristócrata, lo que le lleva a representar varios papeles a lo largo de su existencia para poder sobrevivir a pesar de poseer casi una nación entera en su contra.

Fue perseguido y hostigado hasta el fin de sus días, hecho que, en gran medida, le enseña a ser un gran manipulador que, a la par de granjearse enemigos abominables, consigue amigos que le veneran y le ayudan a salir del paso en incontables ocasiones, haciéndole la estancia más llevadera en las numerosas instituciones en las que ingresa y obteniendo privilegios con los que no contaban el resto de internos.

Hospital psiquiátrico de Charenton-Saint-Maurice

Hospital psiquiátrico de Charenton-Saint-Maurice

La “demencia libertina” que le es diagnosticada por Fouché y Dubois —altos cargos del Ministerio de Policía francés de 1801, a cargo de Napoleón Bonaparte—, le mantiene interno, como “paciente de la policía”, en el Manicomio de Charenton hasta el día de su muerte, el 3 de diciembre de 1814.

Es posible que, ese mismo día, su visión altamente materialista de la vida, de la Naturaleza, de la muerte, le ayudase a concebir plácidamente el momento final, sin miedos, sin moralismos, sin ninguna otra preocupación.

Pocos años después de su muerte, el Dictionnaire universel acuña la palabra sadisme como “sistema monstruoso y antisocial contrario a la naturaleza”. Aquí comenzó el éxito de su obra.

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Acerca de Ana

Sexóloga y educadora social. Profesora del Máster en Sexología del Instituto de Sexología Incisex y la Universidad de Alcalá de Henares
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