Teoría de los sexos: la letra pequeña de la sexología. Extracto.

Portada Teoría de los sexos: la letra pequeña de la sexología

Teoría de los sexos: la letra pequeña de la sexología. Amezúa, 1999.

Sexual y sensual: sexualidad y sensualidad

Otro ejemplo de esta confusión es la tergiversación entre sexual y sensual. La cercanía fonética y gráfica pueden haber contribuido a acumular en el primero una gran carga que la moral puso en la zona genital —el locus por antonomasia— y en su ejercicio; lo cual, aparte de la invasión de un campo desde otro, lleva a la confusión de varios más. Por ejemplo, sexual sería para muchos una versión más de la sensualidad. Esta misma hipótesis ha sido ya confirmada mediante el análisis del sentido que se da a las discusiones sobre si tales zonas y órganos del cuerpo, la piel por ejemplo, son sexuales. Se suele entender sensuales, incluso sensibles, léase excitantes…, si bien es obvio que todas las zonas o partes del cuerpo son sexuadas. En la expresión “conducta sexual” este quid pro quo se ha vuelto modélico. Curiosamente, es la más usada entre científicos norteamericanos, valga la redundancia, en textos de cuyas traducciones nos nutrimos. Volveremos sobre este punto al tratar más detenidamente sobre el concepto de copulatory behaviour (Véase el capítulo 16).

Puestos en la dirección de los juegos de palabras existe otro ejemplo que sería casi el mismo aunque a la inversa y que se ha resumido en la expresión sexo con seso para indicar la idea de instinto combinada o enfrentada a la de razón. En algunos sectores la equiparación a la que se ha llegado del mundo de los instintos con el sexo es tal que resulta ya chocante incluso su puesta en duda. Todo esto es explicable. Lo cual no quiere decir que sea justificable. El hecho de que una tergiversación sea generalizada no cambia su condición de error. En todo caso podrá hablarse de un error mayor. “La verdad —escribió Francis Bacon— surge más fácilmente del error que de la confusión”.

Algo similar parece haber sucedido con la invasión del término sexualidad como sinónimo de sensualidad, a través de toda clase de publicaciones. Como ya quedó indicado, es éste un indicador que muestra hasta qué punto la tesis reproductiva ha sido ya sustituída por la hedónica, pero cómo entre ambas ha sido cada vez más vaciada de sentido la tesis sexuante. De esta forma nada extraña que sexualidad haya llegado a ser un concepto hueco de su sentido para ser rellenado del que no es el suyo. Dado el volumen y la magnitud de la confusión algunos opinan que ésta debe seguir y que la noción de sexualidad debe resignarse a ser un contenido perdido.

Sexualidad y “carne cristiana”

Según otras hipótesis se habría cargado sobre el concepto sexual una dosis de sentido que tradicionalmente pertenecía a otro campo como es el de la concupiscentia o fomes pecati teológico. O el de la lascivia como vicio y, sobre todo, la fornicatio. Históricamente esa hipótesis está ya más que probada: la noción de carne y de carnal de la tradición cristiana es la que ha sido introducida con la etiqueta sexual. Lo que no parece interesar tanto es que, con ello, el sentido propio del concepto sexual, como relativo a los sexos, ha quedado desactivado y el camino recorrido en la Época Moderna ha sido neutralizado. Dicho de otro modo: el modelo antiguo usó el vocabulario nuevo para seguir en vigor. A ese subterfugio es al que ya se ha denominado fenómeno pseudomoderno. Parece acorde con el paradigma moderno de los sexos y sin embargo lo está deshaciendo para mantener el paradigma pre-moderno del locus genitalis.

En historia de las ideas y creencias las cosas funcionan como en historia general. Existen unas épocas y otras. Pero es posible que los deslizamientos entre ellas, cuando no se fijan los contornos, terminen por resultar mareantes, de forma que no sepamos bien dónde nos encontramos ni en qué época vivimos. Muchos modernos no osarían usar la terminología de la moral cristiana —apetitos carnales, deseos libidinosos, pasiones bestiales, instintos de fornicación, etc.— por considerarla fuera de lugar y demodée. Para ellos decir sexual equivale a ser moderno. Pero el juego de los paradigmas, así como la prueba de los ciclos largos y cortos en historia indican con toda claridad que el concepto que se tiene cuando se dice sexual no es sino el de la moral cristiana, si bien con la etiqueta cambiada. Tal vez por ello se explique que tantos sigan aún pensando en la Sexología como en una Moral sexual, o sea, de esa carne que tiene tan poco que ver con los tejidos celulares y tanto con la ideología.

Algunos escritores actuales que tienen el don de decir las cosas justas y precisas son capaces de escribir párrafos y páginas sin el recurso a este fácil y socorrido comodín sexual. Transpiran riqueza y transmiten un sinfín de matizaciones y detalles precisamente por no recurrir a este tópico empobrecedor. Resulta irónico que lo que sirvió de clave conceptual de un horizonte nuevo se haya convertido en un instrumento de miseria. Convendría hacer sin ningun miedo un elogio y una nostalgia de esa carne cristiana que tantos gozos propició y tantas angustias causó. Fue así. Y, como historia, no tiene por qué avergonzarnos. Dicho esto, también es importante afirmar que la sexualidad no es la carne cristiana. Son conceptos diferentes, son mundos que tienen muy poco en común.

Efigenio_Amezua

Efigenio Amezúa. Doctor en sexología y director del instituto de sexología Incisex.

Sexual y venéreo / sexual y genitourinario

Algunos episodios cercanos pueden resultar ilustrativos de otros deslices en la misma dirección. Por ejemplo los, sin duda bienintencionados, miembros asesores de la Organización Mundial de la Salud, que inevitablemente eran hijos de su ambiente y su moral, acordaron en los años setenta del siglo XX cambiar la formulación de Enfermedades venéreas por la expresión moderna y actual de Enfermedades de Transmisión Sexual (E.T.S). La razón principal aludida fue que el adjetivo venéreo tenía un significado nefando y vergonzoso. Con ello podemos estarles agradecidos al haber arreglado un problema que era la carga de vicio moral que pesaba sobre ellas, pero es preciso reconocer que podían haber pensado en no contribuir a crear otro, engrosando aún más la ya de por sí henchida patogenia e impresentabilidad sobre el concepto sexual.

Por cierto: el Venéreo de un ciclo histórico anterior, el clásico, de Venus, diosa de los amores, no tenía nada que ver con el locus genitalis de la reproducción y menos aún con las enfermedades sino con el deseo erótico y sus placeres. La tesis hedónica, la del placer erótico —en la que más adelante nos detendremos, véase IVª parte: De la erótica— ha tenido y tiene su justificación y solera, su tradición y actualidad. Pero denominando a todo eso también sexual, queda el mismo concepto reducido a un magmático eso, cada vez más vacío de su sentido y más lleno de lo que no es suyo.

En esta dirección se podrían enumerar otras fórmulas que, de ser relativas a genitourinario, o en dicha dirección, han pasado a ser sexual. No tiene tampoco por qué extrañar que al oficio más viejo del mundo se le haya dado el nombre de trabajo sexual. En Estados Unidos Sexual work ha sido la fórmula politically correct ideada para dignificar a las mujeres que ejercen la prostitución. Y en España, siguiendo los mismos pasos, se hacen Jornadas, Seminarios y Simposios en cuyos programas se presentan esos problemas de las trabajadoras del sexo y de la sexualidad.

El “mero sexo”, la “mera sexualidad”

Otro punto más: como no podía ser de otra manera, este clima ha hecho subir el uso de expresiones vejatorias y de desprecio sobre el apelativo sexual, tales como “lo meramente sexual”, “meramente sexo”, etc., para indicar sucesivamente una animalidad indigna, un reflejo automático, una copulación desahogante; pero más bien para aludir al ejercicio de los genitalia desgajados del sujeto. Algunas expresiones, más técnicas, hablan de “lo estrictamente sexual”, o “de la sexualidad en su sentido estricto” que quiere decir los genitalia, o de “la más burda sexualidad”, etc. Este modo de pensar ha llegado a su cúspide en la fórmula nueva de la educación afectivo-sexual para dejar claro que por tal no debe entenderse sólo lo sexual sino también lo afectivo. Con ello, en lugar de reorientar los conceptos centrales, se ha reforzado y acentuado aún más que sexual no tiene otro significado que “el mero sexo”, “la mera sexualidad”, siendo cualquier otro contenido absorbido por el término afectivo adosado a él. Es otro caso de pseudomodernidad para mantener más vivas las ideas pre-modernas.

Amezúa, Efigenio (1999). Teoría de los sexos: la letra pequeña de la sexología. Revista española de sexología, 95-96, Madrid, pp. 71-74. Publicaciones del Instituto de sexología Incisex.

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Una respuesta a Teoría de los sexos: la letra pequeña de la sexología. Extracto.

  1. Maribi C dijo:

    Hola gusto en saludar.. me gustaría me apoyaran con contenido a todo lo referente a la variante fisiológica sexo anal..!!! gracias por su colaboración…!!! Date: Thu, 23 Oct 2014 07:21:55 +0000 To: maribi123@live.com

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